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lunes, 23 de marzo de 2020

Nuevos tiempos

John William Waterhouse - The Decameron
"Y así como el final de la alegría suele ser el dolor, las miserias se terminan con el gozo que las sigue" (Boccaccio, El Decamerón)

Ha llegado el momento de soltar mi primer artículo. Hasta ahora me limitaba a tomar prestado de otros: pensamientos, textos, poemas. Ahora soy yo quien escribe. Con modestia, pues no soy escritor ni pretendo dedicarle más tiempo del imprescindible, pero con el mismo derecho que cualquiera a expresarme. Escribir, como pintar, debería ser una tarea tan habitual para el intelecto como lo es la actividad física para el cuerpo.

He querido comenzar evocando uno de los libros más influyentes de la literatura universal, El Decamerón, por razones obvias. En este texto se narran las historias que relatan diez jóvenes recluidos en una villa florentina para protegerse de la peste. La mortalidad de aquellas epidemias fue muy superior a la que afrontamos con el coronavirus, y la atención a los enfermos, sin ser óptima, es hoy netamente superior a la que hubo entonces. Es evidente que para quienes hemos perdido a seres queridos el consuelo es mínimo. Pero la comparación era inevitable.

Los jóvenes de El Decamerón reducen sus angustias con el humor y el erotismo, dos de las fuentes más sencillas e inmediatas de evasión que ha conocido la humanidad. Con el auxilio del todopoderoso internet, el entretenimiento actual de la mayoría se basa probablemente, en diversas formas, en estos mismos tópicos. Quienes ya no somos tan jóvenes contamos además con la inestimable ayuda de los libros. La mayoría de nosotros poseemos en nuestras casas bibliotecas que antaño solo se podían permitir las clases pudientes.

No soy un experto en literatura, no voy a cansar a nadie elaborando un catálogo de obras en las que la prisión, el confinamiento o la reclusión son temas principales. Pero sí he recordado un relato famoso: el Viaje alrededor de mi habitación (1794), de Xavier de Maistre, quien tras sufrir un arresto domiciliario de 42 días por haberse batido en duelo escribió dicho texto. Una pormenorizada descripción de su habitación en ese tiempo. Curiosamente, esa duración coincide con el periodo de confinamiento que muchos hemos experimentado.

Por precaución sanitaria, mi familia ha reconocido dos sectores en mi propia casa. Me ha tocado el salón y algunos espacios colindantes. El sofá no está mal, el edredón cumple su tarea. Tengo el piano (digital) y la TV. El despacho anejo lleno de libros. Hay pugna por la cocina, territorio en negociación que no puede ser compartido. Pero si lo pierdo, tendrán que traerme la comida. Como a un señor.

Esperando que las miserias terminen con el gozo que las sigue, aunque este no se lleve nunca por completo el dolor que hubo. Porque, como decía Léon Bloy, "el sufrir se pasa, pero el haber sufrido no se pasa nunca".

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